Psicología Infantil - Adolescente

A pesar de los avances que se ha hecho en Psicología Infanto-Juvenil, pese al conocimiento que tenemos sobre la evolución y el desarrollo de los niños, nos hace falta mucha pedagogía y mucho trabajo de sensibilización acerca de la capacidad de sufrimiento que tienen los niños y los adolescentes.

Existe todavía la creencia de que la infancia es ese permanente estado idílico, casi celestial y paradisíaco donde los niños sólo son capaces de jugar y divertirse, independientemente de lo que suceda a su alrededor. Todavía se ven a los adolescentes como personajes a medio acabar que disfrutan retando a sus adultos sin ser conscientes de lo que significa y esconde ese comportamiento en esa etapa evolutiva. Como se suele decir, toda semejanza con la realidad es pura coincidencia.

No sólo pueden desarrollar patologías psicológicas semejantes a las del adulto, sino que son más vulnerables a ellas. La personalidad del niño está en evolución frente a la del adulto. Esto le hace mucho más inestable y, por lo tanto, tiene menos capacidad y más dificultad para responder adecuadamente y ajustarse a los cambios ambientales.

Lo que ocurre es que ellos tienen una forma diferente de expresarlo. La falta de recursos y estrategias para identificar y gestionar sus emociones, les conducen a alteraciones de conducta: unas veces con manifestaciones disruptivas y otras con inhibición y retraimiento. La mayoría de las veces las alteraciones se explican como comportamientos normales de los niños, "son cosas de niños", se atribuyen a su propia identidad "eres muy malo" y, otras veces, sencillamente, ni se explican. Se le pide o se le exige que se comporte adecuadamente y, cuando no lo hace, se suele reaccionar con gritos, insultos, amenazas e, incluso, castigos físicos. Cuando el niño interioriza las emociones y mantiene una conducta que no molesta, la respuesta del ambiente es que es un niño muy educado. Lejos de poner soluciones, este tipo de respuestas aumenta el malestar interior del niño que no comprende la situación.

Por eso, es necesario que los padres sepan desarrollar en sus hijos esos recursos emocionales con los que hacer frente a los cambios continuos que su propio desarrollo les exige. Los padres tienen muy claro que tienen que enseñar a sus hijos a hacer ciertas cosas. Sabemos hablar porque el ambiente nos ofrece un modelo de lengua. Nos apoyan cuando caminamos, cuando comemos... Aprendemos matemáticas porque nos las enseñan. Los niños no vienen con un "chip" con la información que necesitan para el camino que es la vida. Todo, absolutamente todo, tienen que aprenderlo. Y todo, absolutamente todo, lo bueno y lo menos bueno que somos, lo hemos aprendido, nos lo han enseñado.

No podemos pedirle a un niño que sea responsable sólo por el hecho de haber crecido y su edad le exige cierta responsabilidad. Previamente le hemos tenido que enseñar. Si cuando son pequeños no les damos autonomía y les hacemos las cosas porque acabamos antes, no podemos luego pretender que el niño lo haga por sí solo. Si nos sentamos todos los días con él a hacer los deberes, no esperemos que un día por arte de magia nos pida que ya ha llegado la hora de hacerlos solos. El tiempo sólo nos hace envejecer pero no nos da sabiduría.

Todo ello forma parte de un aprendizaje que requiere tiempo y dedicación. Tal vez está aquí el problema. Los padres actuales no tienen tiempo y, cuando lo tienen, están demasiado cansados, demasiado estresados como para "pararse" y pensar que el cambio de comportamiento de su hijo necesita otra respuesta. Estos cambios son indicadores de que algo está pasando. Trastornos de ansiedad, depresión, dificultades de aprendizaje…pueden ser los causantes de las conductas conflictivas de los niños.

La Psicología Infanto-Juvenil es la rama de la Psicología que trata del diagnóstico y tratamiento de los trastornos psicológicos en dicha población. Cuando los padres observen un cambio de conducta en su hijo de la índole que sea, deben plantearse si algo está pasando.


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