Psicología Adultos

La influencia de la mente en la salud y en la enfermedad.

Usted no ha entrado en esta página por azar ni está leyendo estas palabras de forma casual. Lo hace motivado por una serie de inquietudes, preocupaciones e interrogantes que le asaltan sobre usted mismo o sobre alguien cercano y querido por usted. Y estas inquietudes tienen que ver con el malestar que siente, tienen que ver con su sufrimiento psicológico, tienen que ver con su salud.

Y fíjese que no digo salud mental. Digo salud. Porque ya no podemos pensar en ella como característico del cuerpo o de la mente por separado. Contemplar el funcionamiento de todo nuestro organismo es crucial para llegar a entender cualquier enfermedad. Mente y cuerpo son y funcionan como una unidad interconectada. El enfoque integral ya no es una opción sino una necesidad. Nuestro estilo de vida, nuestras relaciones personales, nuestro sistema de creencias (nuestros patrones y modelos de interpretar la experiencia) están íntimamente relacionados con nuestra salud y nuestra enfermedad.

En nuestro país, hay sectores que se empeñan todavía en mantener vigente una concepción dualista y mecanicista de lo que es la salud y la enfermedad, aun cuando las nuevas investigaciones científicas están demostrando que se hace imprescindible un cambio de enfoque. Afortunadamente y de forma simultánea, en otros sectores podemos asistir a un cambio de conciencia, no sólo en la población general sino también por parte de los profesionales.

Nuestras pautas de pensamiento condicionan la interpretación que hacemos de nuestra experiencia, de quiénes somos y cómo nos relacionamos con nuestro mundo. Estas pautas nos marcan las decisiones que tomamos, las elecciones que hacemos, lo que sentimos acerca de lo que nos ocurre a nosotros mismos y a los demás. Son los patrones mediante los cuales seleccionamos, analizamos, codificamos, guardamos y construimos la realidad.

Estas pautas marcan la calidad de nuestras relaciones con nosotros, con nuestros semejantes y con todo nuestro medio. Los estudios apuntan a que esta calidad está íntimamente relacionada con el desarrollo de las enfermedades. Así el desamparo y la desesperanza, la hostilidad y la ira, la represión de las emociones, la falta de metas en la vida, el aislamiento social, el pesimismo, la falta de confianza, entre otras, pueden favorecer las enfermedades.

Martin Seligman (de la Universidad de Pensylvania) y colegas han estudiado cómo ser optimista o pesimista influye en la salud. Los pesimistas tienen más riesgos de depresión que las personas optimistas porque atribuyen un valor catastrofista a los acontecimientos que le ocurren. Las personas deprimidas tienen más probabilidad de debilitar su sistema inmunológico. Esta “visión” del mundo genera en el organismo altos niveles de sustancias relacionadas con el miedo, la ansiedad, la tensión y el estrés que han demostrado ser perjudiciales para la salud. Hoy día nadie niega la relación que existe entre el estrés y las enfermedades del corazón, por ejemplo.

Existen una serie de indicadores que pueden informarnos sobre qué calidad de vida tenemos. He aquí algunos ejemplos:

  • El grado de perturbación de nuestras emociones, es decir, hasta qué punto la ira, el miedo, el sentimiento de culpa, entre otras, dirigen nuestra vida.
  • La flexibilidad frente a la rigidez. Las personas que tienen más capacidad de adaptación a los cambios viven éstos con menos estrés. Su mente está más predispuesta a nuevas ideas por lo que tiene más recursos para solucionar y afrontar los problemas con éxito.
  • Las relaciones basadas en el respeto, la tolerancia y la empatía permite vivirlas de forma satisfactoria, sin frustraciones, celos o envidias.
  • Las personas seguras e independientes que confían en sí mismas y en los demás.
  • Cuando los objetivos y metas se ajustan a la realidad.
  • Capacidad de tolerancia a la frustración.

Las emociones, los pensamientos, las creencias…no surgen de la nada. Cuando lo hacen vienen acompañados de sus correspondientes elementos y sustancias químicas que viajan por el torrente sanguíneo.

El doctor Mario Alonso Puig, cirujano de la Universidad de Harvard (Estados Unidos) afirma que los niveles altos y prolongados de cortisol hacen que los glóbulos blancos “funcionen peor”. Añade que “los glóbulos blancos no pueden funcionar igual si se le acopla una molécula de serotonina, que es la de la calma; la molécula de la dopamina, que se asocia a la confianza; o la del cortisol, que es la del miedo”. Para el doctor Alonso “los estados emocionales tienen un impacto enorme en la salud”.


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