Preguntas frecuentes

Aunque ambos son profesionales de la salud, la principal diferencia radica en su formación. El psiquiatra es un profesional de la Medicina y el psicólogo es un profesional de la Psicología. Básicamente, significa un enfoque radicalmente distinto al abordar los tratamientos de los trastornos mentales.

El diagnóstico y el tratamiento por parte del psiquiatra se hacen desde una perspectiva orgánica. Considera que los problemas del paciente se deben a un mal funcionamiento de su organismo. La solución que ofrece es la toma de medicamentos por parte del paciente que le ayudarán a restablecer la bioquímica de la parte física afectada en el trastorno. Es un tratamiento exclusivamente sintomático. El paciente tiene un papel pasivo ya que no interviene en la ejecución del tratamiento.

Para el psicólogo, la problemática o trastorno es el resultado de la calidad de los procesos psicológicos que gestionan nuestras vidas: las relaciones interpersonales (familiares, sociales, laborales), nuestras emociones y pensamientos, las atribuciones e interpretaciones que hacemos de las diferentes situaciones...Es esta dinámica psíquica la que produce los desequilibrios bioquímicos y no al revés.

Por lo tanto, para el psicólogo la solución está en cambiar la calidad de estos procesos. El tratamiento se enfoca a modificar aquellos elementos que se identifican como los causantes del problema. Es un proceso de rehabilitación donde se enseñan estrategias que posibiliten el autoconocimiento y el ajuste emocional que permita la recuperación del equilibrio. El rol del paciente es completamente activo ya que es él quien pone en marcha los procesos de cambio.

Esta rehabilitación no sólo le permite la intervención puntual de un problema sino que posibilita y dota a la persona de técnicas que podrá utilizar en el futuro.

Básicamente cuando el sufrimiento que nos causan nuestras perturbaciones emocionales se escapa de nuestro control, nos sentimos impotentes o desbordados para solucionarlas y afecta significativamente el desarrollo de nuestra vida interfiriendo en nuestras relaciones personales e interpersonales.

Podemos enfrentarnos a diferentes situaciones dolorosas a lo largo de nuestra existencia. La mayoría de las veces logramos superarlas y recuperar nuestra vida. Pero hay otras, que por mucho que lo intentamos no conseguimos salir del bache. Se mantienen en el tiempo y se van agravando mientras vemos impotentes cómo se deteriora todo nuestro alrededor. Por supuesto, es necesario pedir ayuda. Llegados a este punto, alargar la situación sólo favorecerá la degradación de nuestra salud psíquica y física. Algunos indicadores nos pueden ayudar:

  • Vivimos con ansiedad permanente. El mundo resulta una amenaza constante.
  • Tenemos sentimientos de soledad y aislamiento.
  • Miedo a perder el control.
  • Estamos constantemente irritados y “saltamos” a la mínima.
  • Hemos perdido la ilusión, estamos hartos de todo y no conseguimos motivarnos por nada.
  • Nuestra vida la rige el blanco y negro, el todo o nada, el siempre o el nunca; no hay matices.
  • Perturbaciones del sueño o la alimentación.
  • El estrés de la vida cotidiana nos desborda. Siempre estamos cansados.
  • Nos sentimos desgraciados sin posibilidad de disfrute.
  • Tendencia a ver las cosas desde su lado oscuro. Nos domina el pesimismo.
  • No somos capaces de hacer amigos o no sabemos mantenerlos.
  • Las relaciones sociales nos resultan estresantes.
  • Evitamos situaciones que merman o invalidan nuestras vidas (coger el coche, subir a un avión, entrar en un ascensor…)

A grandes rasgos podemos decir que el Psicólogo Infantil es el profesional que trata el comportamiento en el niño desde su nacimiento hasta la adolescencia. El concepto comportamiento tiene en Psicología un sentido muy amplio. No sólo nos referimos a la conducta que se observa (inquietud, nerviosismo…). Comportamiento también es la comida, el sueño, el rendimiento escolar, las relaciones sociales, los pensamientos y, por supuesto, las emociones. Trata aquellas anomalías, déficits o incapacidades, relacionadas con su evolución, a nivel cognitivo, emocional, motriz y social.

Los padres no tienen dificultades en aceptar que su hijo puede padecer una enfermedad física. Pero todavía resulta bastante más difícil asimilar que su hijo pueda tener cualquier “problema” a nivel psicológico.

El psicólogo no se debe asociar a problemas graves porque no todo lo que trata tiene que ser de gravedad. Muchas veces con dar orientaciones a los padres es suficiente. Otras es necesario intervenir en el niño con alguna terapia individual para rehabilitar su comportamiento o su déficit.

En general, algunos indicadores pueden ayudarle a decidir buscar ayuda profesional:

  • Cualquier cambio que detecte en su hijo a nivel de comportamiento. Ya sea que está más inquieto y nervioso o más introvertido que de costumbre.
  • Si tiene dificultades para separarse de alguno de los padres.
  • Si el niño no se relaciona.
  • Le cuesta mantener la atención.
  • Alteraciones del sueño. Pesadillas o terrores nocturnos.
  • Si pasados los cinco años sigue “mojando la cama”
  • Tiene más problemas que los demás niños para el aprendizaje de la lectura y escritura.
  • Si se ve impotente para que le obedezca.
  • Los celos excesivos entre hermanos.
  • Si detecta que el niño no se valora y dice cosas como “nadie me quiere”, “nunca me sale nada”, o expresiones parecidas.
  • Si cumplidos los dos años el niño tiene un lenguaje por debajo de sus amiguitos.
  • Si se niega a ir al colegio, pasados los días de adaptación.

La duración de la terapia dependerá de varios factores:

  • El “problema” que debamos tratar. A veces descubrimos que hay más de uno.
  • El nivel de gravedad o deterioro que sufre la persona.
  • En el caso del niño, también la edad y la ayuda de la familia.
  • Su motivación y grado de implicación con la terapia.
  • El tiempo que lleva la persona con el trastorno y en qué grado la incapacita.
  • La confianza que el paciente tenga en la Psicología y en el profesional que la trata.

En el desarrollo del tratamiento es fundamental que la persona cumpla con el compromiso terapéutico. Una parte de la intervención son las tareas o ejercicios que la persona tiene que hacer en casa. La mayoría de las veces la terapia se alarga por esta razón. Si no se traen los ejercicios hechos, el proceso se retrasa porque estas tareas son imprescindibles para que se adquieran las habilidades que nos permiten modificar las conductas. Este factor es muy personal. Hay casos en los que en tres meses podemos haber acabado una consulta de ansiedad y otras podemos estar un año.

La terapia, sobre todo al principio, es conveniente que sea semanalmente. Después, cuando el proceso ha avanzado, el encuentro puede hacerse cada quince días. Las sesiones son de una hora de duración. En última instancia son características que se pactan entre el psicólogo y el paciente.